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Pagina 1 de 7 Pese a sus contribuciones iniciales al nacimiento de la cinematografía, la industria británica fue pronto desplazada por la de Hollywood y la alemana, lo que explica que muchos directores ingleses, como Herbert Wilcox o el mismo Alfred Hitchcock, dirigieran sus primeras películas en Munich o en Berlín, donde los medios técnicos eran superiores. Mientras éstos y otros directores como Maurice Elvey habían comenzado muy pronto a dirigir, los productores británicos no vieron el incentivo para invertir en tecnologías avanzadas y nuevos estudios hasta la promulgación de la Cinematograph Film Act (1928), conocida como la ley de cuotas, que obligó a los exhibidores a proyectar un porcentaje mínimo de películas nacionales (cerca del 20% en 1935). En pocos años la producción británica se dinamizó (de 26 a 128 películas en 1929). 
Aunque la ley tuvo su lado malo, como la producción de películas de ínfima calidad para cubrir las cuotas (las Quota Quickies), y el establecimiento de productoras estadounidenses a través de compañías satélites inglesas para explotar el mercado, dos compañías netamente británicas, la BIP (British International Pictures) y la Gaumont-British, consolidaron sus posiciones con producciones más ambiciosas. La BIP, por ejemplo, produjo tres películas dirigidas por E. A. Dupont en sus estudios Elstree (Moulin Rouge, 1928; Piccadilly, 1929; y Cape Forlorn, 1931), que pocos años antes habían sido realizadas en Alemania. Cape Forlorn, película sonora rodada en tres idiomas distintos y con tres repartos distintos, fue un ejemplo de película multilingüe, en un intento de llegar a los mercados internacionales. Cuando en 1932 los propietarios de la Gaumont-British, los hermanos Ostrer, adquirieron y reformaron los estudios Lime Grove, Michael Balcon, como productor ejecutivo, realizó El rápido de Roma, su mayor película hasta ese momento y prototipo de los train thrillers. Escrita por Sidney Gilliat, que llegaría a ser uno de los más importantes directores británicos, dirigida por Walter Forde, con el prestigioso fotógrafo alemán Günther Krampf como director de fotografía y protagonizada por Conrad Veidt en una interpretación memorable, demostró que se podía tener éxito en Estados Unidos con películas de calidad producidas en Inglaterra. La industria cinematográfica alemana entró en declive con la invención del sonoro y muchos técnicos alemanes se dirigieron hacia Inglaterra en busca de trabajo. Además de Krampf, los directores de fotografía Mutz Greenbaum (que luego adoptaría el nombre de Max Greene) y Otto Heller, o los decoradores Oscar Werndorff y Alfred Junge, entre otros, se instalaron definitivamente en Gran Bretaña. Casi simultáneamente, el director/productor húngaro Alexander Korda, que había trabajado en Berlín, Hollywood y París, llegó a Inglaterra enviado por la Paramount para producir películas destinadas a cubrir la cuota de pantalla. Tras él llegaría un sinnúmero de productores, guionistas y otros técnicos, forzados a abandonar Alemania tras el triunfo del nazismo.
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