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Pagina 4 de 7 Más tarde, al verse amenazada la democracia por el ascenso del fascismo en Europa, el compromiso de Renoir con la sociedad y la comunidad adquiriría una dimensión política explícita. Su única colaboración con Prévert, El crimen de monsieur Lange (1936) se distribuyó pronto en ese año electoral. Es una narración polémica de extraordinaria energía y gran valor artístico que desinfla la retórica fascista al colocarla en labios de un estafador, proponiendo los ideales cooperativistas del Frente Popular como una alternativa. Sólo tras el hundimiento del Frente Popular, en vísperas de la guerra, la visión de Renoir incorporó el fatalismo del realismo poético en La regla del juego (1939). Sin embargo, sus personajes no son aquí gentes de un grupo marginal, sino la mismísima alta sociedad; y su protagonista, víctima del destino, no es ningún obrero industrial destruido por los celos, ni un desertor del ejército, sino un héroe nacional. Los espectadores encontraron intolerable este punto de vista, silbando y pateando durante el pase de la película, que fue primero cortada por la censura y, después del paréntesis de la guerra, prohibida por desmoralizadora, prohibición que también alcanzó a Amanece (1939), dirigida por Marcel Carné. En consecuencia, si la obra maestra de Renoir se conserva aún hoy es gracias a su restauración a finales de la década de 1950, en la que se repusieron los fragmentos eliminados anteriormente. En los años previos a la guerra varios cineastas, entre ellos Renoir, participarían activamente en las campañas organizadas por Ciné-Liberté, grupo de la Casa de Cultura del partido comunista francés creado para reformar la legislación de la industria francesa a través de campañas que se intensificarían después de la subida del Frente Popular al poder en 1936. La política que se proponía consistía en acabar con las cuotas de películas importadas y, en cambio, gravarlas con impuestos destinados a apoyar la producción francesa. Se hacía también un llamamiento a la abolición inmediata de la censura cinematográfica, responsable de la negativa a conceder licencias de exhibición pública a ciertas películas, entre las que se encontraban Zero en conduite (Cero en conducta, 1933), la mejor película de Jean Vigo, un relato contra el autoritarismo de sus días de escolar; La vie est à nous (La vida es nuestra, 1936), creación colectiva bajo la supervisión de Renoir durante la campaña electoral del partido comunista, y los clásicos soviéticos. La obra maestra del surrealismo cinematográfico, La edad de oro (1930), de Luis Buñuel, había sido asimismo prohibida por la policía parisina al amparo de otra ley, prohibición que desencadenó un tumulto en el cine donde se estaba proyectando. Irónicamente, mientras que el Frente Popular nunca llegó a poner en práctica estas medidas legislativas, las ideas desarrolladas para su gobierno serían adoptadas por el régimen de Vichy del mariscal Pétain, que tomó el poder al caer Francia bajo el dominio alemán y terminar la Tercera República en 1940, gobernando las regiones francesas no ocupadas por los alemanes o incorporadas al Tercer Reich. De éstas, la iniciativa más importante fue la constitución del Comité de Organización de la Industria Cinematográfica, sustituido en 1946, dos años después de la liberación de Francia, por el Centro Nacional de la Cinematografía, aún hoy la institución encargada de canalizar el apoyo financiero a la industria. Los fondos de este apoyo proceden de las retenciones efectuadas sobre lo recaudado en taquilla, presupuestos generales del gobierno e impuestos a las televisiones.
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