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Pagina 1 de 7 Para entender la evolución del cine francés hay que partir de una de sus paradojas esenciales: la de que, a pesar de que el capital extranjero haya desempeñado un papel fundamental en la financiación de sus producciones, las películas resultantes han tenido por lo general un marchamo específicamente francés. Este fenómeno es característico de los periodos de mayor éxito internacional: la edad de oro del cine francés (1929-1939) y la nouvelle vague (nueva ola, aproximadamente 1958-1968). Veamos cuáles han sido los hitos principales en este desarrollo histórico: 
El periodo mudo Durante la I Guerra Mundial, jóvenes cineastas como Abel Gance, Marcel L'Herbier o Louis Delluc, tuvieron la oportunidad de dirigir e, impresionados por algunos elementos del estilo cinematográfico estadounidense, desarrollar nuevas teorías sobre cómo debía ser el arte de la cinematografía. Inspirados por Intolerancia (1916), de D.W. Griffith, con su montaje breve y de planos desconectados tomados de diferentes partes de las múltiples acciones entrecruzadas del relato, realizaron una serie de películas empleando insertos y primeros planos, en una técnica alejada de la suave continuidad de las películas estadounidenses. En esta búsqueda de nuevos modos de expresar emociones e ideas a través del cine, surgieron obras personales como Fiebre, de Louis Delluc y El dorado, de Marcel L'Herbier, ambas realizadas en 1921, junto a algunas de Jean Epstein y Germaine Dulac. Se consideraron películas de vanguardia en su día, pero estaban basadas en historias convencionales sobre las que se desarrollaba una serie de efectos fílmicos, planteamiento que desde una perspectiva más moderna las haría dudosamente vanguardistas. Se realizaban con presupuestos bajísimos, en comparación con la mayoría de las películas comerciales, y se sostenían gracias a los circuitos de cineclubes que proliferaron en Francia durante la década de 1920. No sólo estas películas de vanguardia, sino incluso las películas francesas más comerciales de aquella época, apenas se veían en otros países, en parte debido a la pobreza de su producción y en parte a lo anticuado de sus resultados finales. Esta última característica también alcanzaría a las películas de Abel Gance. Influenciado por las obras de D.W. Griffith, llevó más lejos el montaje rápido, hasta componer escenas en las que los planos duraban apenas unos cuantos fotogramas y se disponían en esquemas métricos. Este enfoque se combinaba con títulos muy poéticos y un estilo de melodrama pasado ya de moda en La rueda (1923), mientras que su monumental Napoleón (1925) añadía extravagantes movimientos de cámara y escenas rodadas en triple pantalla, con una duración total de 195 minutos.
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