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Pagina 1 de 3 El primer periodo de esplendor del cine italiano comenzó en la década de 1910, cuando se constituyó como pionero de espectaculares superproducciones históricas. 
Hasta entonces, la industria cinematográfica italiana había sido una pálida sombra de la francesa, adoptando de su vecino más avanzado no sólo las ideas, sino también los actores (el cómico italiano más popular de los inicios del cine, Cretinetti, era de hecho francés, André Deed, al que se conocía en su país como Boireau). Pero con La caída de Troya (1910, de Giovanni Pastrone), Los últimos días de Pompeya (1913, de Mario Caserini) y Cabiria (1914, de Pastrone), las compañías italianas Ambrosio y Cines lanzaron con éxito comercial una forma enteramente nueva de espectáculo cinematográfico al mercado mundial, incluido Estados Unidos. Y no menos importantes, al menos para el mercado interno, fueron los melodramas protagonizados por las famosas divas Lyda Borelli (Fior di male, 1915, de Carmine Gallone) y Francesca Bertini (Assunta Spina, 1914, de Gustavo Serena). La I Guerra Mundial supuso el repentino final de este breve periodo de gloria. En 1919 un torrente de importaciones de Estados Unidos llevó a la industria italiana al borde de la bancarrota. La producción fue menguando a lo largo de los años veinte y al final de esa década sólo se hacía un puñado de películas cada año. La situación mejoró en la década de 1930. La llegada del sonoro aumentó la demanda de cine hablado en italiano, y el gobierno fascista, que hasta entonces no había visto en el cine más que un vehículo propagandístico a través de documentales y noticiarios, intervino para apoyar a la industria. A diferencia de su homólogo alemán, el régimen fascista italiano no intentó convertir el cine en un espectáculo nacionalista. Aunque se hicieron algunas películas fascistas, comenzando con la de Alessandro Blasetti, Sole (1928), en general, el gobierno se marcó como objetivo impulsar una industria cinematográfica autosuficiente y se inició la construcción de grandes estudios. Algunos directores que habían emigrado, como Augusto Genina o Carmine Gallone, volvieron a su país, e incluso algún realizador extranjero como Max Ophuls rodó en Italia la exquisita La signora di tutti (1934). Las comedias y los melodramas eran especialmente populares. Películas como Darò un milione (1935, de Mario Camerini), protagonizada por un jovencísimo Vittorio de Sica, alcanzaron un reconocimiento internacional semejante al de las comedias de Frank Capra o Preston Sturges.
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