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Pagina 2 de 3 Durante la II República (1931-1936), se intentó organizar una industria solvente. En 1932 se crean en Barcelona los estudios Orphea y, en Valencia, la sociedad Cifesa (Compañía Industrial Film Española, S.A.); en 1934, en Madrid, nacen los estudios CEA (Cinematografía Española y Americana) y Filmófono, de la mano de Luis Buñuel, que trataban de hacer un cine comercial español de calidad. La primera película sonora producida en España fue Carceleras (1932), de José Buchs. Las producciones de mayor éxito volvieron a ser las de las temáticas tópicas antes descritas: Nobleza baturra (1935), de Florián Rey, o La verbena de la Paloma (1935), de Benito Perojo. Durante la Guerra Civil española, la industria volvió a sufrir un nuevo estancamiento, y las producciones cinematográficas tenían fines propagandísticos. Con el comienzo de la dictadura de Francisco Franco en 1939 el cine se convirtió en una industria de apoyo al régimen sujeta a una férrea censura previa. Luis Buñuel se exilió en México, al igual que alguna otra figura destacada de la naciente industria, perdiéndose buena parte de los recursos humanos y creativos del medio. Durante estos años, el cine se especializó en producciones típicamente de consumo (musicales y comedias). Florián Rey sigue con el costumbrismo en Morena Clara (1936), al que se sumará ahora el género religioso con La hermana San Sulpicio (1934) o La mies es mucha (1948), ésta de José Luis Sáenz de Heredia, realizador que lleva al cine guiones patrióticos, como Raza (1941), sobre la figura de Franco. Otro género propio del periodo para la exaltación de los valores del franquismo es el retrato de figuras patrióticas, en el que se especializa Juan de Orduña, destacando sus obras Locura de amor (1948) y Alba de América y La leona de Castilla, de 1951. Durante la posguerra hubo un intento de hacer un cine distinto, que ejemplifica el comediógrafo Edgar Neville (La torre de los siete jorobados, 1944), que no llega a cuajar. En la década de 1950, bajo la influencia del neorrealismo italiano, empiezan a aparecer obras realmente críticas desde el punto de vista social que, sin embargo, logran pasar la censura; son películas bien construidas pero con desigual suerte comercial; entre ellas cabe citar Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, Bienvenido Mr. Marshall (1952), de Luis García Berlanga, o Cómicos (1953), Muerte de un ciclista (1955) y Calle mayor (1956) de Juan Antonio Bardem; e incluso Historias de la radio (1955), del propio José Luis Sáenz de Heredia. Uno de los más grandes éxitos comerciales de esta época fue la película del director Ladislao Vajda, Marcelino Pan y Vino (1954). Otros nombres destacados de estas generaciones son el guionista Rafael Azcona y los productores Elías Querejeta y Andrés Vicente Gómez. Azcona, autor satírico que cultiva el humor negro y un costumbrismo que va de la farsa al absurdo surrealista, ha trabajado tanto con el italiano Marco Ferreri (en sus producciones españolas El pisito, 1958, o El cochecito, 1960), como con Luis García Berlanga, Carlos Saura, José Luis Cuerda (El bosque animado, 1987), José Luis García Sánchez (Divinas palabras, 1987, o Suspiros de España (y Portugal), 1995), Manuel Gutiérrez Aragón (El rey del río, 1994), Fernando Trueba (El año de las luces, 1986, y Belle Époque, 1992, Oscar a la mejor película extranjera). Todas ellas, pese a la diferencia de temáticas, año de producción y estilos, llevan su impronta inequívoca.
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